top of page

¿Quién sabe?

No porque exista algo especial en llegar a un número determinado, sino porque el tiempo tiene una manera curiosa de convertir aquello que alguna vez pareció definitivo en apenas una escena más.


Hay números que parecen preguntas. Hay años que parecen respuestas. Y hay momentos en los que quizá lo único sensato sea no apresurarse a decidir cuál de las dos cosas son.

Una vieja parábola cuenta que un hombre perdió un caballo. Los vecinos llegaron para lamentar su desgracia. El hombre respondió: ¿Quién sabe?

Al día siguiente, el caballo regresó acompañado de otros caballos. Los mismos vecinos volvieron para celebrar su buena fortuna. ¡Que bendición! Le dijeron. Mientras el hombre solo les decía: ¿Quién sabe?

Después, su hijo montó uno de los caballos. Se vino una caída, una pierna rota. Las personas reclamaron. ¡Debe ser una maldición! Y el hombre solo sabía decir: ¿Quién sabe?


Entonces hubo guerra en la ciudad. Los soldados buscaron a los jóvenes del lugar para ir al ejército. Su hijo se salvó por que se había quebrado la pierna.


Tal vez la parábola no habla de caballos.

Habla de nuestra necesidad de ponerle un nombre definitivo a las cosas antes de que hayan terminado de suceder.

Ahí, creo, está la verdadera dirección.



La parábola ha sobrevivido porque contiene una verdad incómoda para una especie acostumbrada a emitir veredictos. Nos tranquiliza clasificar aquello que sucede. Necesitamos saber si algo es bueno o malo, si hemos ganado o perdido, si estamos avanzando o retrocediendo. Tenemos una necesidad casi administrativa de ordenar la existencia, asignarle categorías, producir conclusiones. Incluso frente a aquello que todavía no comprendemos, buscamos inmediatamente una explicación que nos permita dormir tranquilos. Pero la vida rara vez entrega los acontecimientos con su significado incorporado. Ocurre algo y nosotros, impacientes, decidimos qué significa. El problema es que la historia casi nunca termina en el mismo lugar donde creemos haberla entendido.

Quizá crecer consista, entre muchas otras cosas, en descubrir esa diferencia.

Hay una edad en la que uno empieza a comprender que los años no son únicamente una sucesión de cumpleaños, sino una acumulación de interpretaciones que con el tiempo pueden cambiar de sentido. Lo que a los veinte parecía indispensable puede resultar insignificante una década después. Aquello que alguna vez se sintió como una derrota puede adquirir, con suficiente distancia, la apariencia de una desviación necesaria. Algunas personas llegan a nuestras vidas para quedarse; otras, para enseñarnos que incluso aquello que parecía permanente estaba sujeto al movimiento. Hay puertas que se cierran con una violencia que, en el momento, parece definitiva y que años después apenas recordamos como el lugar exacto donde comenzó otro camino. Hay decisiones pequeñas cuyas consecuencias no alcanzamos a sospechar y acontecimientos enormes que terminan perdiendo importancia. El tiempo tiene esa forma silenciosa de corregir nuestras conclusiones.

Tal vez por eso la portada de este número no pretende explicar nada.

En su centro aparece un hombre, suspendido en medio de una constelación de símbolos que durante siglos hemos utilizado para explicarnos a nosotros mismos. Hay cuerpos, deseo, reproducción; hay columnas que parecen contenerlo y, al mismo tiempo, protegerlo; hay animales que observan; hay una luna que permanece sobre la escena y un cielo que recuerda la antigua costumbre humana de levantar la mirada buscando respuestas. Hay también una insinuación arquitectónica, una pirámide que parece querer aparecer y que, al acercarse, se descompone en música. Todo está ahí, como si distintas formas de conocimiento, deseo, fe, belleza y misterio hubieran sido reunidas alrededor de una misma pregunta. Y, sin embargo, el hombre permanece inexplicado.

Quizá esa sea la verdadera imagen de nuestra época y, en cierta medida, de nuestra especie: rodeados de respuestas y todavía sin saber demasiado bien quiénes somos.

Hemos intentado encontrarnos en casi todas partes. En el cuerpo del otro, en la religión, en la familia, en el trabajo, en el reconocimiento, en el dinero, en la ciencia, en el arte, en la noche, en las estrellas y hasta en los números. Hemos construido templos para acercarnos a lo divino, ciudades para dominar la naturaleza, teorías para domesticar la incertidumbre y sistemas enteros de pensamiento para convencernos de que el universo posee un orden que puede ser comprendido. Incluso el deseo, quizá una de las fuerzas más antiguas que nos gobiernan, ha sido convertido en una respuesta: poseer, reproducirse, perpetuarse, dejar algo detrás de nosotros que justifique nuestra breve permanencia.

Pero ninguna de esas cosas parece suficiente.

El pecho no explica el amor. El sexo no explica la intimidad. La reproducción no explica la necesidad de trascender. Las columnas no explican al hombre que sostienen. Las estrellas no explican a quien las contempla. Los dioses no han conseguido eliminar la incertidumbre. Y la música, incluso cuando alcanza esa extraña perfección que hace pensar que por un instante hemos tocado algo absoluto, termina regresándonos al silencio.


Quizá hemos cometido el error de buscar afuera aquello que solamente puede ser reconocido adentro.


No como una respuesta espiritual, ni como una revelación extraordinaria, sino como una forma más sencilla y mucho más difícil de conocimiento: detenernos.

Vivimos con una velocidad que convierte la existencia en una sucesión de urgencias. Hay que saber qué ocurre ahora, qué ocurrirá después, qué significa una noticia, qué significa una decisión, qué significa una persona, qué significa una relación, qué significa una edad. El presente parece haberse convertido en una especie de sala de espera en la que nadie quiere permanecer demasiado tiempo. Todo debe producir una conclusión. Todo debe tener una utilidad. Incluso el descanso necesita justificarse.

Y quizá haya momentos en los que lo más importante sea precisamente no hacer nada con lo que estamos viviendo. No convertirlo inmediatamente en aprendizaje. No transformarlo en una anécdota. No exigirle una moraleja. Simplemente permitir que exista mientras el tiempo hace aquello que mejor sabe hacer: revelar consecuencias que todavía no podemos ver.

Agosto tiene algo de esa naturaleza. Es un mes suspendido entre dos momentos. El año ya ha avanzado lo suficiente para que podamos mirar hacia atrás, pero todavía queda suficiente por delante para que cualquier conclusión resulte prematura. Y en ese punto intermedio aparece el 31 de agosto, una fecha que, para quien observa el tiempo con cierta atención, puede sentirse menos como un final que como una frontera.

Hace dos años, un 31 de agosto, la vida podía parecer mucho más pequeña de lo que terminaría siendo. No había demasiadas certezas. Había pérdidas, incertidumbre, preguntas y la cercanía de una edad que entonces parecía contener una respuesta. Veintinueve. Después llegarían los treinta. Y con ellos aquella frase paterna que había quedado suspendida en algún lugar de la memoria: que un hombre comienza a comprender de qué trata la vida después de los treinta.

Quizá los años siguientes no hayan demostrado que aquella frase fuera exactamente cierta. Quizá hayan demostrado algo más interesante: que después de los treinta uno comienza a comprender que no comprenderá todo.

Y esa diferencia importa.

Porque hay una madurez que no consiste en saber qué hacer, sino en soportar el hecho de que algunas decisiones no tienen garantías. Una madurez que no consiste en haber encontrado el camino correcto, sino en aceptar que quizá no existe un único camino correcto. Una madurez que no exige mirar atrás y justificar cada acontecimiento, porque finalmente entiende que no todo lo vivido necesita convertirse en una explicación.

Faltan tres meses para otra cifra.

Treinta y uno.

Y, más adelante, aparecen las treinta y tres uvas.

No como una profecía ni como una respuesta escondida en algún código que deba ser descifrado. Simplemente como una cifra que ha adquirido una resonancia particular, una de esas coincidencias a las que los seres humanos solemos aferrarnos porque necesitamos que ciertas cosas tengan algún significado. Tal vez el 33 no sea más que 33. Tal vez sea una frontera imaginaria. Tal vez sea una edad que todavía no existe y que, precisamente por eso, permite proyectar sobre ella todo aquello que todavía no sabemos.

Pero quizá eso sea suficiente.

Hay símbolos que no necesitan ser explicados para acompañarnos.

La portada tampoco necesita decirnos qué representa cada cosa. Sería incluso una traición a su naturaleza hacerlo. El collage nació precisamente de la superposición: cuerpos junto a arquitectura, animales junto a música, noche junto a materia, deseo junto a contemplación. Ningún elemento posee por sí solo la respuesta y, juntos, tampoco la producen. Lo que aparece es otra cosa: la imagen de una conciencia intentando comprenderse mientras el mundo entero parece ofrecerle teorías.

El hombre permanece en medio.

No parece conquistar nada.

No parece huir.

No parece rezar.

No parece poseer.

Mira.

Y quizá mirar sea una de las pocas cosas que todavía podemos hacer cuando todas nuestras explicaciones comienzan a quedarse pequeñas.

Mirar hacia atrás sin convertir el pasado en una sentencia. Mirar hacia adelante sin convertir el futuro en una promesa. Mirar el presente sin exigirle que nos diga inmediatamente para qué sirve.

Hay una libertad particular en eso.

La libertad de decir ¿Quién sabe? sin que la frase implique ignorancia, apatía o derrota. Decir ¿quién sabe? puede ser, en realidad, una forma de inteligencia. Una negativa a confundir nuestra percepción limitada con la totalidad de la historia. Una manera de admitir que todavía no tenemos todos los elementos sobre la mesa.

Quizá aquella pérdida no era una pérdida.

Quizá aquella victoria tampoco era una victoria.

Quizá aquella persona que se fue no representaba un final.

Quizá aquello que llegó no estaba destinado a quedarse.

Quizá algunas cosas que hoy duelen mañana serán apenas una cicatriz y algunas cosas que hoy celebramos terminarán enseñándonos que la felicidad también puede tener fecha de vencimiento.

Quién sabe.

Por eso este número aparece el 31 de agosto y no el primero de septiembre. No para alterar un calendario, sino para detenerlo durante un instante. Para hacer de una fecha una pausa. Para permitir que, antes de regresar al ruido habitual de las noticias, las opiniones, las urgencias y esa necesidad permanente de saber qué viene después, podamos recordar que existe otra clase de conocimiento: el que aparece cuando dejamos de exigirle respuestas al mundo.

Quizá no necesitamos saberlo todo.

Quizá tampoco necesitamos llegar a una edad determinada para comprender finalmente de qué trata la vida.

Tal vez la vida consiste, en parte, en caminar suficientemente lejos como para que algunas de nuestras antiguas certezas comiencen a parecernos extrañas. En descubrir que no somos quienes pensábamos ser, y que eso no necesariamente constituye una tragedia. En aceptar que el hombre de la portada seguirá rodeado de estrellas, mujeres, columnas, animales, música y símbolos sin que ninguno de ellos pueda ofrecerle una explicación definitiva.

Y quizá ahí, precisamente ahí, comienza algo parecido a comprender.

No cuando encontramos la respuesta.

Sino cuando dejamos de tener miedo de no encontrarla.

Las treinta y tres uvas todavía están lejos.

La historia todavía no está escrita.

La noche continúa.

La luna permanece.

Y el hombre sigue mirando hacia el horizonte, rodeado de todo aquello que alguna vez creímos que podía explicarnos.

No sabemos qué viene después.


¿Quién sabe?






Daniel A. Johnson

Director La Tercera™



© 2026 Terc.™ . SOYmedia™ Todos los derechos reservados.






Comentarios


bottom of page