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El arte de estirar el salario: El gran esfuerzo del trabajador tico.

Autora: Sury Matarrita, estudiante universitaria en la UNA.


En Costa Rica, el día empieza mucho antes de que salga el sol. Se nota en las paradas de bus llenas de personas que salen a dar lo mejor de sí en puestos de limpieza, seguridad o comercio. Es un país que se mueve gracias a ese espíritu pulseador que nos define. Sin embargo, hoy esa lucha diaria tiene un peso adicional: el sentimiento de que, por más que uno se esfuerce, el dinero parece tener alas.

¿A quién no le ha pasado que llega a la caja del súper y siente que en dos cosas se le fue un montón de plata?.

Esta pregunta resuena en la mente de miles de trabajadores cada quincena, mientras ven cómo el costo de la vida camina más rápido que cualquier ajuste en el sueldo. La realidad económica del 2026 nos muestra un panorama complejo: aunque la inflación interanual ha registrado variaciones negativas de hasta -2,09% en periodos recientes, ese alivio no siempre se traduce de forma inmediata al carrito de compras del ciudadano de a pie.

El costo del "Gallito" y la mesa familiar

Hablemos de lo que nos duele: el estómago y el bolsillo. Para entender el sacrificio, hay que ver los ejemplos concretos. Hace unos años, cuando el precio estaba regulado, un kilo de arroz el alma de nuestro gallo pinto rondaba los @608. Hoy, tras la liberación del mercado, la realidad en las pulperías y supermercados de barrio es muy distinta. Aunque existan reportes de bajas promedio del 10%, el rango minorista puede fluctuar agresivamente, llegando a superar los $900 por kilo dependiendo del establecimiento. Esto significa que poner el "gallo" en la mesa ya no es una tarea sencilla; es un ejercicio de ingeniería financiera donde hay que calcular cada grano de arroz y cada frijol.

El laberinto de las deudas: Un peso invisible.

Esta situación va más allá de los números; se trata del bienestar de nuestras familias. Es admirable ver cómo la gente hace milagros, pero ese esfuerzo nace de un sacrificio personal que a veces nos va robando la tranquilidad. El endeudamiento se ha convertido en el "salvavidas" peligroso para muchos hogares. Se estima que el número de personas con deudas de tarjetas de crédito ha crecido un 61% en la última década, reflejando que uno de cada tres hogares no logra cubrir sus gastos básicos con el ingreso ordinario y debe recurrir al plástico o a préstamos para terminar el mes.

Tras una jornada agotadora, la plata sigue saliendo apenas "raspando" para pagar la luz, el alquiler y las cuotas que se comen el salario. El sueño de vivir sin el acoso de los cobradores se siente cada vez más lejano para quien trabaja de sol a sol.

Por un futuro con rostro humano

Nadie pide lo imposible, solo se anhela que el sudor de la frente rinda lo suficiente para vivir con un poquito de paz y que el trabajo sea un camino de bienestar, no una fuente de angustia. A pesar de todo, el tico no deja de luchar.

Nuestra economía necesita ese rostro humano, donde se entienda que detrás de cada uniforme hay sueños que merecen que el sacrificio diario, por fin, se refleje en un verdadero respiro para el bolsillo y no solo en fríos indicadores macroeconómicos. Merecemos que el esfuerzo de levantarse a las 4:00 a.m. se traduzca en estabilidad, en una mesa llena y en una mente libre de la preocupación por la próxima deuda.

Esa presión constante no solo golpea la billetera, sino que se trae abajo la paz de cualquier familia. El cansancio de la jornada se vuelve el doble de pesado cuando uno llega a la casa y, en vez de tirarse a descansar, tiene que ver cómo hace maniobras con la calculadora para que los pases alcancen o para comprarle el uniforme a los güilas. Se ha vuelto un ciclo donde el pulseador vive solo para pagar y no para disfrutar lo que gana con tanto sudor, lo que poco a poco nos va quitando esa alegría que

siempre nos ha definido. No se trata solo de ver cómo se sobrevive a la quincena, sino de recuperar la tranquilidad de saber que el salario no se va a esfumar apenas uno pone un pie fuera del brete.


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