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Tensiones en la cúpula de Chaves anticipan ajustes de liderazgo en la nueva fase de poder

La confrontación entre la diputada saliente Pilar Cisneros y el legislador electo José Miguel Villalobos, abogado personal del presidente Rodrigo Chaves, ha encendido alertas en el oficialismo. Más allá del intercambio coyuntural, el episodio evidencia una disputa por liderazgo, control del mensaje y capacidad de incidencia en un movimiento que pasa de la fase fundacional a una de ejecución con mayor músculo institucional.



Desde una lógica de gestión política, ambos actores han sido interlocutores directos del poder. En términos empresariales, se trata de dos perfiles senior que compiten por influencia en el comité estratégico. Analistas coinciden en que no es una ruptura estructural, sino un ajuste típico de organizaciones que escalan rápido y deben redefinir roles, responsabilidades y jerarquías.


El costo reputacional aparece cuando estas diferencias se trasladan al espacio público. Lo que podría resolverse como alineamiento interno termina impactando la percepción de cohesión, un activo clave para cualquier proyecto que busca sostener gobernabilidad y disciplina operativa.


Los episodios recientes en el plenario legislativo y en el debate mediático, incluidos los señalamientos por atrasos judiciales y cuestionamientos a nombramientos en Casa Presidencial, profundizaron la distancia entre ambos liderazgos. Cisneros optó por marcar límites de forma explícita, mientras Villalobos respondió con un tono más técnico, defendiendo su disciplina estratégica y su adhesión a lineamientos que considere funcionales al país y al proyecto político.


Este pulso no es nuevo. Ya en 2025, Cisneros había desautorizado públicamente a Villalobos como vocero del movimiento, antes de que se anunciara la candidatura presidencial de Laura Fernández por el Partido Pueblo Soberano. Aquella señal temprana anticipó una discusión de fondo sobre quién valida, comunica y conduce las decisiones clave.


Para el análisis politológico, el chavismo opera más como un holding personalista que como un partido con manuales claros de gobernanza. En ese esquema, la autoridad se construye por cercanía al centro de poder y resultados, no por cargos formales. Esto explica por qué las disputas se expresan de manera directa y visible.

De cara a la nueva etapa, con control del Ejecutivo y de la Asamblea Legislativa, la definición de vocerías, liderazgos parlamentarios y coordinación política será determinante. En ese tablero, el eventual rol de Rodrigo Chaves como ministro de la Presidencia apunta a una mayor centralización y a una cadena de mando más clara, lo que podría reconfigurar el peso relativo de actores como Cisneros, quien ya no formará parte de la bancada.

Desde una perspectiva de management político, el desafío es claro: alinear equipos diversos, con trayectorias y estilos distintos, bajo una misma estrategia y un relato coherente. Los roces actuales pueden leerse como dolores de crecimiento de un proyecto que se institucionaliza rápido y que debe decidir quién toma el timón operativo en su segunda fase.

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