Volvería siempre
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Nacer en una familia trabajadora y respetable. Su madre era profesora. Su padre, oficial de tránsito. Como muchos jóvenes costarricenses, Esteban Benavides creció rodeado de valores, consejos y oportunidades que parecían suficientes para garantizarle un futuro estable. Sin embargo, la vida suele tomar caminos inesperados. Hoy, a sus 28 años, recuerda con serenidad una etapa que marcó para siempre su carácter. Una historia que comenzó cuando tenía apenas 21 años, después de una relación sentimental que terminó tras tres años de convivencia y en medio de una realidad que golpeó con fuerza: no había concluido sus estudios y necesitaba encontrar trabajo para sobrevivir.

Por primera vez comprendió que los errores, las distracciones y las decisiones apresuradas tienen consecuencias. Junto a un amigo emprendió una búsqueda desesperada de empleo. Recorrieron fincas, tocaron puertas y caminaron kilómetros bajo el sol y la lluvia. No buscaban una oportunidad ideal. Buscaban cualquier oportunidad. Aquella búsqueda los llevó a caminar desde el centro de Aserrí hasta Palmichal de Acosta. Entre montañas cubiertas de neblina, caminos de tierra y el olor constante de los pinos, encontró una labor que durante generaciones ayudó a construir la economía del país: la recolección de café.
No era un trabajo sencillo. Era una realidad completamente distinta a la que había conocido.
Las jornadas comenzaban antes del amanecer. A las cinco de la mañana ya debía estar listo para ingresar a los cafetales. Durante la temporada más intensa llegó a dormir en contenedores acondicionados para los recolectores temporales. Compartía espacio con trabajadores nicaragüenses que, al igual que él, habían llegado impulsados por la necesidad.
Las noches eran frías. A veces el dinero apenas alcanzaba para comer. Otras veces no alcanzaba para nada.
Entre risas nerviosas recuerda aquellos días en los que se acostaba sin un colón en los bolsillos, observando el techo metálico del contenedor y preguntándose cómo había llegado hasta allí. Al amanecer no había tiempo para lamentaciones. El trabajo esperaba. Con las manos húmedas por el rocío y los dedos adoloridos, comenzaba a llenar sacos de café durante horas. La meta era completar la llamada "cajuela", una medida de recolección que representaba el avance del día y la posibilidad de obtener un ingreso digno.
Por cada cantidad recolectada recibía una ¨ficha¨. Al finalizar la semana esas fichas se convertían en dinero.
Pero incluso dentro de aquella dinámica existían historias difíciles.
Muchos trabajadores, desesperados por enviar dinero a sus familias o simplemente para comprar comida, vendían las fichas antes de tiempo a intermediarios que les entregaban una suma menor. Era una pérdida evidente, pero para quienes tenían hambre inmediata, esperar hasta el día de pago no siempre era una opción.
Esteban observó aquellas escenas una y otra vez. Fue allí donde comprendió que la pobreza rara vez se trata únicamente de falta de dinero. Muchas veces es la ausencia de alternativas. Recuerda especialmente una experiencia en una finca vinculada a una cadena importante de café internacional que tiene sede turística en Costa Rica. La imagen permanece grabada en su memoria.
Mientras turistas nacionales y extranjeros recorrían los senderos admirando el paisaje, tomando fotografías y degustando café recién preparado, los trabajadores descendían por empinadas laderas cargando peso entre el barro y la vegetación. Algunos resbalaban, otros caían pero todos continuaban. Desde la distancia, el visitante observaba una postal perfecta de la cultura cafetalera costarricense. Desde dentro, los recolectores vivían una realidad completamente distinta.
"Era humillante", recuerda.
"Uno sentía que la gente lo observaba, pero nadie conocía realmente lo que pasábamos para que ese café llegara hasta la taza".
Aquellas montañas se transformaron en una escuela de vida. Una escuela sin aulas, sin pizarras, sin títulos, pero llena de lecciones.
Aprendió que el esfuerzo tiene un valor que muchas veces pasa desapercibido.
Aprendió que la dignidad no depende del tipo de trabajo que una persona realiza.
Aprendió que quienes cosechan los alimentos, recogen el café o trabajan bajo el sol merecen el mismo respeto que cualquier profesional de oficina.
Con el paso de los años también comprendió otra realidad. Muchos jóvenes provenientes de familias responsables y trabajadoras terminan desviándose de sus objetivos. Las distracciones, los excesos, las malas decisiones, las relaciones equivocadas o simplemente la inmadurez pueden provocar que abandonen sus estudios o pospongan sus metas. Entonces llega el momento en que la realidad golpea.
Y suele hacerlo con fuerza. Los empleos disponibles para quienes no cuentan con preparación académica suelen ser precisamente los más exigentes físicamente. Son trabajos que demandan resistencia, sacrificio y una enorme capacidad para soportar condiciones difíciles.
Esteban lo vivió en carne propia, por eso nunca reniega de aquella etapa, al contrario.
La considera una de las experiencias más valiosas de su vida.
Cada jornada bajo el sol.
Cada noche incómoda.
Cada comida sencilla.
Cada caminata entre cafetales.
Todo ello contribuyó a construir la persona que es hoy. Actualmente ya no trabaja en la recolección de café.
La vida le abrió nuevas oportunidades y logró incorporarse a un empleo de oficina, donde pone en práctica habilidades distintas. Ya no depende de la fuerza de sus manos para llenar sacos ni de la velocidad de sus dedos para recolectar frutos. Ahora utiliza capacidades analíticas, criterio, disciplina y experiencia.
Sin embargo, nunca olvida de dónde viene. Porque entiende que la verdadera fortaleza que hoy demuestra no nació detrás de un escritorio.
Nació entre cafetales.
Nació en aquellas madrugadas frías.
Nació cuando la necesidad lo obligó a seguir adelante aun cuando parecía no haber salida.
Y es precisamente por eso que, al mirar atrás, no siente vergüenza. Siente orgullo.
Orgullo de haber descubierto que el trabajo honesto, por duro que sea, siempre deja una enseñanza. Pero sobre todo, sabe que si fuese necesario... Volvería siempre.
Daniel A. Johnson Director La Tercera™ -
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Y orgullo de saber que ninguna experiencia digna es pequeña cuando contribuye a formar el carácter de una persona.




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